martes, 28 de febrero de 2012

Intervención con la familia.

Antes de iniciar una intervención específica con la familia del menor víctima de abusos, es necesario asegurarse, como ya se ha comentado anteriormente, de que el niño no vaya a ser objeto de una nueva agresión sexual. Para ello se actúa en tres direcciones: en primer lugar, el abusador debe admitir su culpabilidad, estar de acuerdo en la terminación de ese comportamiento y permanecer, al menos inicialmente, separado de la víctima; en segundo lugar, se debe capacitar al menor para informar de manera inmediata de ulteriores episodios de abuso; y, en tercer lugar, los cuidadores del niño -la madre fundamentalmente- deben demostrar su determinación de protegerlo en el futuro. En general, la separación de la víctima de la familia no es recomendable. Las razones son diversas: el menor puede sentirse culpable al verse desterrado de la familia; se refuerza la tendencia de la pareja a unirse contra la víctima; y, lo que es extraordinariamente importante, no siempre resulta fácil encontrar un lugar apropiado en donde situar al niño. Hay casos en que la decisión adecuada puede ser la salida del abusador (padre o padrastro) del hogar. No obstante, en algunas circunstancias la separación de la víctima de un marco familiar patógeno y la entrega a una familia de acogida -o el ingreso en un internado- pueden ser la única solución para garantizar la protección y el desarrollo armónico del niño.


Necesidad de la intervención terapéutica

En el caso de que el menor permanezca dentro del hogar familiar, y una vez asegurada su protección en los términos anteriormente planteados, la intervención con la familia es necesaria por tres motivos fundamentales. En primer lugar, porque los padres y hermanos de la víctima también pueden manifestar reacciones emocionales adversas. En segundo lugar, porque pueden querer sabotear o retirar al niño del tratamiento. Y en tercer lugar, porque intervenir con los diferentes miembros de la familia facilita la generalización de los efectos del tratamiento. Los objetivos de la intervención con la familia se van a centrar básicamente en dos aspectos fundamentales: proporcionar apoyo psicológico a los familiares y enseñar a los padres estrategias para el control de las conductas del niño. En general, se propone comenzar con la terapia individual para cada miembro antes de hacerlo por parejas con el fin de examinar sus relaciones. La participación de la familia como un conjunto suele ser el último eslabón de la cadena. No obstante, en una gran mayoría de los casos, la intervención con los cuidadores del menor debe dirigirse en un primer momento a la adopción de estrategias urgentes de afrontamiento, especialmente en lo que se refiere a los contactos con los Servicios Sociales o con el sistema policial y/o legal (denuncias, declaraciones, juicios, etc.). En este sentido, el camino que tienen que recorrer los afectados por este tipo de problemas es aún muy difuso y complicado. Es más, en ocasiones son los propios profesionales implicados en este tema los que pueden llegar a proporcionar mensajes confusos e incluso contradictorios sobre los pasos a seguir. Estas dificultades adicionales en el camino, junto con la lentitud que caracteriza a este tipo de procesos, pueden afectar muy negativamente al estado psicológico de los familiares del menor e impedir su adecuada recuperación.

Por otro lado, la respuesta de los padres ante la revelación del abuso puede llegar a ser más intensa que la del propio niño. Los sentimientos de vergüenza y culpa, de cólera y pena, de miedo y ansiedad, afectan a los padres de tal manera que repercuten muynegativamente en la víctima. Se sienten, a veces, incapaces de proteger al niño en el futuro y su autoestima se ve notablemente afectada. Asimismo, no se debe olvidar el impacto psicológico que supone para la madre el descubrimiento de que su pareja ha abusado sexualmente de un menor (generalmente, además, su propio hijo). En el peor de los casos, puede llegar a encolerizarse con el propio niño y culparlo de lo sucedido. El terapeuta debe realizar una evaluación exhaustiva del estado psicológico de los miembros de la familia y de las estrategias de afrontamiento utilizadas, así como elaborar un plan de intervención orientado tanto a eliminar las reacciones adversas derivadas de la revelación como a garantizar que sean capaces de proporcionar al menor el apoyo emocional que requiere para su adecuada recuperación. En lo que se refiere a la sintomatología derivada del descubrimiento del abuso, los problemas parentales objeto de tratamiento pueden ser variados. Los más frecuentes son las dudas de la madre ante las afirmaciones del niño y sus sentimientos ambivalentes hacia el agresor, las atribuciones causales del abuso sexual, el miedo a que el daño sufrido por el menor sea irreversible y a que ella no sea capaz de protegerlo o de prestarle el apoyo emocional necesario y, finalmente, los síntomas de ansiedad o depresión.


Programa de intervención Las estrategias cognitivo-conductuales más adecuadas para abordar estas cuestiones pueden ser las siguientes:

Asesoramiento psicoeducativo

Los familiares deben conocer las posibles consecuencias psicológicas del abuso, tanto para la víctima como para ellos mismos. Es necesario que comprendan el estado psicológico del menor y sus propios síntomas. No se trata de alarmarlos anticipando secuelas que pueden no llegar a darse, sino de facilitar la información necesaria sobre este tipo de problemas y sus efectos sobre las víctimas y los familiares, de aclarar las posibles preocupaciones y dudas planteadas y de proporcionar las estrategias necesarias para afrontarlas y solucionarlas. En realidad, en lo que se refiere al apoyo específico que se le debe proporcionar al niño, los familiares de la víctima deben mostrarle, de forma verbal y no verbal, que le creen y que puede contar con ellos para lo que les necesite. No es adecuado pedirle al niño que olvide o que supere lo que pasó como si nada hubiese ocurrido, pero tampoco se le debe presionar para que hable. Lo realmente fundamental en estos casos es conseguir normalizar la vida del niño y restablecer, en la medida de lo posible, sus hábitos cotidianos, que es uno de los mejores predictores de mejoría. Estas indicaciones, junto con un entrenamiento a los padres en habilidades de observación y registro de las conductas del niño, así como en las estrategias básicas de adquisición de comportamientos positivos y de eliminación de conductas desadaptativas, pueden ser suficientes, al menos en muchos casos, para favorecer la recuperación del menor.


Lo que se debe hacer:

 Demostrar que se le cree y que se confía en él
 Apoyarle y felicitarle por su valentía al contarlo
 Escucharle con atención cuando quiera hablar de ello
 Hacerle saber que no es responsable de lo ocurrido
 Ofrecerle seguridad y protección
 Respetar su intimidad y pedirle permiso para solicitar ayuda especializada
 Informarle de las futuras actuaciones

Lo que no se debe hacer:

 Insistirle en que olvide lo sucedido
 Presionarle para que cuente lo que pasó
 Responsabilizarle o culpabilizarle de los abusos
 Recriminarle por no haberlo contado antes
Adoptar actitudes sobreprotectoras.




lunes, 13 de febrero de 2012

Mentalízate para ser feliz


Si tu realizas afirmaciones en presente, consciente y en primera persona durante 21 días, estarás generando una vibración positiva que el universo entero estará aceptando.
Capta la onda de tu pensamiento y la retiene ahí hasta que la vida empieza a acomodar los medios y las situaciones para que el deseo que tu pediste se de por ley metafísica.
¿Por qué 21 días? Es el tiempo que al iniciar la repetición de un comportamiento definido y que es necesario para cumplir con lo que queremos hacer, tener, ser, o hacer, todo en lo personal como en lo laboral, en metafísica una afirmación es una orden que se da para ser cumplida.

Por último, escoger con mucho cuidado las afirmaciones que quieres trabajar, si deseas un cambio significativo en tu vida y equilibrado debes trabajar en tu sistema de creencias podrás obtener resultados maravillosos.
Recuerda siempre que los pensamientos negativos son los que viajan a mayor velocidad en el universo.Todo lo que hoy es, todo lo que hoy está, lo que hoy sucede, ha sido previamente pensado.

Así que deshecha cualquier pensamiento que no te beneficie, ni te haga sentir feliz. Al final de tus afirmaciones debes repetir… “Gracias Dios por haberme escuchado”.
Puedes hacer tus propias afirmaciones, aquí te dejo algunas para que comiences a ser feliz…yo soy la presencia gobernante que me precede a donde yo vaya durante este día, ordenando perfecta paz y armonía en todas mis actividades:
  1. YO no hablo, ni permito que se me hable nada contrario a la perfecta salud, la felicidad y la prosperidad.
  2. YO le hago sentir a todo ser viviente que lo considero valioso.
  3. YO le busco el lado bueno a todo lo que me ocurre, y a todo lo que veo ocurrir a otros.
  4. YO pienso en todo lo mejor.
    Espero todo lo mejor. Trabajo únicamente por lo mejor.
  5. YO siento igual entusiasmo por lo bueno que le ocurre a otro que por lo que me ocurre a mí.
  6. YO olvido mis errores del pasado y sigo adelante a mayores triunfos.
  7. YO llevo una expresión agradable en todo momento, y sonrío a todo ser que contacto.
  8. YO no tengo tiempo para criticar a los demás. Ya que paso tanto tiempo mejorándome.
  9. YO me hago tan fuerte que nada puede perturbar la paz de mi mente.
  10. YO SOY demasiado grande para preocuparme. Demasiado noble para enfurecerme. Demasiado fuerte para temer. Demasiado feliz para permitir la presencia de algo negativo.

viernes, 10 de febrero de 2012

Con los ojos del Corazón


Qué diferente sería nuestro mundo si mirásemos con los ojos del corazón!
Si así lo hiciésemos, nos daríamos cuenta de las cosas que suceden a nuestro alrededor y normalmente no vemos, quizás nuestros rencores del pasado serían suavizados por nuestra forma de ser, y todo lo veríamos desde otra perspectiva, con mucho más bondad, incluso para quien tanto daño nos hizo.
Si mirásemos con los ojos del corazón quizás aún estaríamos bien con aquella persona que dijo ser amiga y que nos falló, o estaríamos mejor en la relación con nuestras familias. ¡Quizás incluso estaríamos dispuestos a conceder segundas oportunidades!
Muchas veces vamos por la calle creyendo ver, pero realmente no vemos nada, sólo lo que está frente nosotros. Caminamos sin percatarnos de nadie, salvo que nos tropecemos con una persona. No acostumbramos a mirar y observar a la gente, salvo que sea para echar una miradita a ver qué llevan puesto. Eso es mirar con los ojos, porque cuando tus ojos se posan sobre el niño que mendiga o el anciano que no puede cruzar la calle solo, y le ayudas, estás mirando con el corazón.
Si nos detuviésemos unos minutos en el diario trajín de nuestra vida, quizás hasta seríamos más felices, los recuerdos no nos dolerían tanto y los rencores se nos apocarían porque nuestra luz interior sería mucho más resplandeciente que el oscuro resentimiento, ese que debe estar lejos de nuestra vida, que no nos hace nada bien y contamina el maravilloso mundo que tenemos ante nuestros ojos.
Al pensar en nuestro sufrimiento y en lo que cuesta levantarnos de una decepción, siempre estamos pensando en nosotros mismos. Nos sumergimos tanto en nuestras propias penas y tristezas que creemos que nadie sufre más que nosotros.
Y no es así, hay personas que no tienen nada, hombres que se fueron dejando tirada a una mujer con sus hijos y viceversa. También están aquellas personas que no saben lo que es el descanso, que no saben estar enfermos porque eso es un lujo que no se puede permitir y que aun así da gracias por tener lo poco y nada que tienen.
Personas que saben acariciar a sus hijos con amor y abnegación, quizás no vistan a la última moda y desconocen lo que es vivir en cama caliente cuando el frío azota el cuerpo.
También está el niño que mendiga una moneda, y cuando se lo das te devuelve una sonrisa, es que te miró con su corazón; no vio lo que llevabas, sólo vio tu bondad y generosidad. A su vez, tú te sentiste muy bien. Eso es mirar con ojos verdaderos, las cosas más sencillas del mundo son las que más alegrías aportarán a tu vida.
Nunca es tarde para aprender a volver empezar, para hacer las cosas de otro modo al que lo hicimos hasta ahora; tampoco es tarde para comprender que aún nos podemos mirar al espejo y sonreír por despertar sanos y contentos; no es demasiado tarde para comprender que todo lo podemos superar, que por muy grande que sea la tristeza de nuestro corazón, somos plenamente capaces de revertir las situaciones que nos son adversas.
Cada año y cada mes de nuestras vidas,
siempre habrá pérdidas y ganancias de toda índole.
Sepamos enfrentar todo sin rencor, sin rabia, aprender el lenguaje secreto de nuestro corazón,
ese que te dice como son las cosas, ese que presiente, que siente y vive dentro de ti.

Depende de cada cual, de si queremos mirar la vida con ojos de la indiferencia, o con ojos llenos de bondad. De cada uno de nosotros depende cambiar el rumbo a nuestras vidas y a los que nos rodean. Sólo tú puedes cambiar tu propia vida, y puedes hacerlo para beneficio de otras vidas.
La triste realidad es que por nuestra indiferencia, por no querer cambiar, nuestros rencores viven eternamente en nuestro interior, trayéndonos lo malo, la envidia, el desear lo que otros tienen, los pensamientos negativos, que muy pronto cambiarían…
¡Si tan sólo por un minuto, mirársenos con los ojos del corazón!

No seamos indiferentes ante la vida, ante la pobreza y la desolación de nuestras amigas o familias… No nos envenenemos con malos pensamientos.
Si caminas por la vida y en tu tristeza miras la vida con indiferencia absoluta, detente y piensa cómo sería tu vida si en tus manos estuviera el poder cambiar el mundo. No se puede, ¿verdad?
Pero si aportamos un granito de amor hacia todas las personas, este mundo no sería lo que es, seríamos diferentes, entenderíamos que no lo podemos cambiar pero que sí podemos cambiar nuestra propia vida, hacer bien las cosas sin la indiferencia de la persona a la que nada le importa.
Cada día al despertar, por más dolor que la vida te de, devuelve una sonrisa y acaricia tu corazón que te hace la gran persona que eres.
Autor: Shoshan

jueves, 9 de febrero de 2012

Alcanza tu Sueño…


Sé firme en tus actitudes
y perseverante en tu ideal,
pero sé paciente, no pretendiendo
que todo te llegue de inmediato.

Haz tiempo para todo, y todo lo que es tuyo, vendrá a tus manos en el momento oportuno.
Aprende a esperar el momento exacto para recibir los beneficios que reclamas.
Espera con paciencia a que maduren los frutos para poder apreciar debidamente su dulzura.

No seas esclavo del pasado y los recuerdos tristes.
No revuelvas una herida que está cicatrizada.
No rememores dolores y sufrimientos antiguos.

¡Lo que pasó, pasó!
De ahora en adelante procura construir una vida nueva, dirigida hacia lo alto y camina hacia delante, sin mirar hacia atrás.
Haz como el sol que nace cada día, sin acordarse de la noche que pasó.
Sólo contempla la meta y no veas que tan difícil es alcanzarla. No te detengas en lo malo que has hecho;
camina en lo bueno que puedes hacer.

No te culpes por lo que hiciste, más bien decídete a cambiar.
No trates que otros cambien; sé tú el responsable de tu propia vida y trata de cambiar tú. Deja que el amor te toque y no te defiendas de él.
Vive cada día, aprovecha el pasado para bien
y deja que el futuro llegue a su tiempo.
No sufras por lo que viene, recuerda que
“cada día tiene su propio afán”.

Busca a alguien con quien compartir
tus luchas hacia la libertad;
una persona que te entienda,
te apoye y te acompañe en ella.

Si tu felicidad y tu vida
dependen de otra persona,
despréndete de ella y ámala,
sin pedirle nada a cambio.

Aprende a mirarte con amor y respeto,
piensa en ti como en algo precioso.
Desparrama en todas partes
la alegría que hay dentro de ti.

Que tu alegría sea contagiosa
y viva para expulsar la tristeza
de todos los que te rodean.

La alegría es un rayo de luz
que debe permanecer siempre encendido,
iluminando todos nuestros actos
y sirviendo de guía a todos
los que se acercan a nosotros.

Si en tu interior hay luz y dejas abiertas las ventanas de tu alma, por medio de la alegría, todos los que pasan por la calle en tinieblas, serán iluminados por tu luz.
Trabajo es sinónimo de nobleza.
No desprecies el trabajo que te toca realizar en la vida.

El trabajo ennoblece a aquellos que lo realizan con entusiasmo y amor.
No existen trabajos humildes. Sólo se distinguen por ser
bien o mal realizados.

Da valor a tu trabajo, cumpliéndolo con amor y cariño y así te valorarás a ti mismo.
Dios nos ha creado para realizar un sueño.
Vivamos por él, intentemos alcanzarlo.

Pongamos la vida en ello y si nos damos cuenta que no podemos, quizás entonces necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas.
Así, con otro aspecto, con otras posibilidades y con la gracia de Dios, lo haremos.
No te des por vencido, piensa que si Dios te ha dado la vida, es porque sabe que tú puedes con ella.

El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado,sino por los obstáculos que has tenido que enfrentar en el camino.
Tú y sólo tú escoges la manera en que vas a afectar el corazón de otros y esas decisiones son de lo que se trata la vida.
“Que este día sea el mejor de tu vida para alcanzar tus sueños”.

Autor Desconocido

domingo, 5 de febrero de 2012

DE AHORA EN ADELANTE ME AMARÉ



Hoy he abierto los ojos ante el espejo, para verme de un modo que desconocia. Soy maravillosa, soy bella tal cual como soy. 
De hoy en adelante prometo, cuidarme, protegerme, valorarme y por fin lo que tanto necesitaba AMARME, así como siempre debió de ser, así como siempre será. Porque YO y solo Yo soy el verdadero "amor de mi vida".

Un día sin darme cuenta de como y porque abri los ojos vi la luz y por primera vez me vi en el espejo con claridad, me reconocí poco a poco . Fue difícil, pero me reconocí.


Estos ojos, llenos de ilusión, sí son, o no... ¡Sí son los míos!

Esta boca sonrie, es hermosa, cálida y suave. Es mía solo mía. Este cuerpo perfecto maravillan-dome, emocionandome, sorprendiéndome.
Miro todo el conjunto por varios minutos y mi mente se resiste a aceptar que SOY YO!

Qué toda esa perfección soy YO. Que ese brillo que me extasía es mi propio ser, mi esencia.
¿Dónde estabas? - Le pregunto a mi propio reflejo- ¿dónde te deje? y ¿dónde te entregué? ¿Qué has hecho sin mi por tantos años? ¿Cómo lograste soberevivir a mi olvido? ¿Así de fuerte eres?


Cuánto valor! Te admiro! Espera! PERO SI SOY YO... Entonces es mi fuerza, mi valor. Me admiro a mi misma.


Por primera vez en muchos años, se siente bien mi corazón y tu pequeña compañera (la niña interior) brotas de mis ojos otravez, pero esta vez es diferente. No sufro! Estoy feliz!
Ya nunca estaré sola, no me abandonaré nunca más.
Prometo cuidarme, protegerme, valorarme y por fin AMARME, como siempre debió ser, como siempre será. Porque Yo y solo Yo soy el VERDADERO AMOR DE MI VIDA!




De: "Todamujeresbella.com"

viernes, 3 de febrero de 2012

ORACION A UNO MISMO...




Que yo me permita mirar, escuchar y soñar más.

Hablar menos, llorar menos.
Escuchar con mis oídos atentos y mi boca estática, palabras que se hacen gestos y los gestos que se hacen palabras.
Saber realizar los sueños que nacen en mí y por mí y conmigo mueran.
Que yo pueda sustituir mis palabras:
Por el toque, Por el sentir, Por el comprender,
Por el secreto de las cosas más raras, Por la oración mental (aquella que el alma cría y que sólo ella escucha y sólo ella responde).
Que yo sepa reproducir en el alma, la imagen que entra por mis ojos haciéndome parte suprema de la naturaleza, creándome y recreándome a cada instante.
Que yo pueda llorar menos de tristeza y más de alegrías.
Que mi llanto no sea en vano, Que en vano no sean mis dudas.

Que yo no tenga miedo de nada, principalmente de mí mismo:
¡ Que yo no tenga miedo de mis miedos!
Que me quede dormido cada vez que vaya a derramar lágrimas inútiles y despierte con el corazón lleno de esperanzas.
Que yo haga de mí un(a) mujer/hombre sereno(a) dentro de mi propia
turbulencia.
Sabio(a) dentro de mis límites pequeños e inexactos.
Humilde delante de mis grandezas (que yo me dé cuenta cuan pequeñas son mis grandezas y cuan valiosa es mi pequeñez).

Permítame yo enseñar lo poco que sé y aprender lo mucho que no sé.
Traducir lo que los maestros enseñaron y comprender la alegría con que los simples traducen sus experiencias; auxiliar la soledad de quien llegó,
rendirme al motivo de quien partió, y aceptar la alegría de quien quedó.
Que yo pueda amar y ser amado, que yo pueda amar aún sin ser amado.
Hacer gentilezas cuando recibo cariños, hacer cariños aunque no reciba gentilezas.

(Anónimo)

martes, 24 de enero de 2012

Testimonio: El abuso sexual que no fue.


Ya pasaron las navidades, esas bonitas fiestas donde se reúnen gentes lejanas que como ya no se conocen despellejan las viejas cicatrices y las ponen a sangrar.
En el sillón de enfrente, el salón vagamente conocido, recordado, el hombre mira a la niña. Te he traído un regalo, dice, y una bestia te salta en el estómago. Agarras a tu hija por la cintura y la atraes hacia ti. Tumb, tumb,tumb, los primeros latidos en las sienes, sabes lo que te asaltará. Dámelo, susurras colgando la mirada de un viejo retrato al carbón, dámelo a mí que se lo doy. La cría te mira, mira al hombre, y nota que tu cuerpo se ha tensado. Sabes que lo nota porque se refugia entre tus piernas y se encoge como el animalillo que es. Sus huesos casi no necesitarían caja. No, mujer, que venga ella, dice. Ven y dame un beso, preciosa, te he traído un regalo, insiste.
Uno de los temas más difíciles de poner por escrito está en los alrededores de los abusos sexuales infantiles y en las entrañas del miedo que guardan. Describir el miedo que no tiene razones. O quizás sí, quién sabe. Que no tiene razones evidentes. Describir a la bestia que guarda la madre.
De repente te sientes ridícula y el filo seco del miedo se convierte en una amenaza peor que la amenaza del hombre. Son dos amenazas. La del hombre. La del miedo. Son dos amenazas que quizás no existen, pero tuyas. No cedas al miedo, te dices, deja ir a la niña, es un amigo de la familia, a qué viene esto ahora. Y mientras empujas a la pequeña hacia el hombre notas cómo la bestia sale de la cueva, tu bestia, cómo te humedece el cuero cabelludo y te provoca un espasmo violento que nubla todo excepto la mano del hombre rozando el cuello de la pequeña mientras le acerca el paquetito con lazo violeta y una gatita blanca que sonríe como un cadáver.
El problema a la hora de asumir el terror que provoca la posibilidad de la agresión está en eso mismo, en que es sólo posibilidad y en este mundo cuentan las evidencias, las pruebas. Más, las comprobaciones. Toda comprobación viaja colgando de un a posteriori.
¡Empieza el baile! Levantas tu pantera con cautela y rescatas al animalillo en un paso de tango para atraerla a ti. ¡Ras!, ya estás delante. No podrías decirle Vete puto, porque él no ha hecho nada. No podrías decirle Huelo lo que vas a hacer, porque lo cierto es que aunque lo sepas, no lo sabes. Sólo es la bestia, tu bestia, tumb, tumb, tumb, pero la bestia no va a calmarse mientras esto dure. Y el tipo se levanta también y se acuclilla mientras le dice toma, y tú –¿dónde coño están todos?– quieres gritarle No la toques, no te acerque un milímetro, pero te conformas con volver a cazarla al vuelo antes de que él siga rozándole la cara.
Después del temblor y la violencia vendrá el desconcierto. Esa duda que araña tu pantera: nada ha sucedido que no haya sucedido dentro.
Jajaja, qué cosas tienen las niñas, ven cariño, es que es muy tímida, dame a mí el paquete que ya se lo doy yo. Jajaja, lo miras y es la bestia quien lo mira, la pantera que defiende a la cría, la memoria del dolor, la cicatriz despellejada. Jajaja, que cosas tienen las bestias, le dicen tus ojos, dame ese puto paquete y lárgate de aquí porque ahora van a salir las garras. Tus ojos son los de otra. Vámonos, pequeña, a ver si encontramos a tus amiguitas. Tumb, tumb, tumb, das la espalda a lo que no ha sucedido apretando las mandíbulas, las pantorrillas, los glúteos. Caminas lentamente como quien no teme a nada, jajaja, qué cosas tienen las niñas, hacia la salida. Y la bestia, antes de volver a la cueva, echa una ojeada a lo que quedó atrás.
Fuente: El Mundo – Blog

SERA O NO SERA?



Realmente sos esa persona a la cual culpan ?...

o simplemente lo hacen para dañarte,
ya no se quien sos tu pasado me confunde.
Lo doloroso es que nadie enfrenta la situación para explicar mi confusión
por eso me pongo a analizar y entiendo que no preguntes por mi pasado
ya que dentro tuyo hay algo oculto, hay silencio reprimido
todo esto provoca en mi la distancia
que cada día se instala en el hogar
y sobre todo en nuestra relación de padre e hija?.




ANONIMO

martes, 17 de enero de 2012

El perdón


Axel Piskulic: El perdón 

Cada vez que nos enojamos con alguien, cada vez que nos sentimos víctimas de una ofensa o agresión, “sabemos” que fuimos tratados de una manera injusta o desconsiderada, que no hemos recibido el trato que nos merecemos. Ese maltrato nos provoca una “razonable” sensación de enojo o disgusto, y en ese punto frecuentemente reclamamos (o al menos nos sentimos con derecho a recibir) algún tipo de reparación de parte del agresor, o aunque más no sea una disculpa, es decir, el reconocimiento de que efectivamente fuimos maltratados.


Muchas veces comentamos estos incidentes con nuestros amigos. Se los contamos, lógicamente, tal como los hemos percibido, es decir, mostrándolas con claridad lo injustos que han sido con nosotros. Ellos, naturalmente, suelen darnos la razón porque todos compartimos la misma manera de interpretar estas situaciones.

Hoy quisiera proponerte una interpretación nueva acerca de qué es realmente una ofensa, cuál es el verdadero significado del enojo que nos provoca y, finalmente, qué es el perdón y cómo se puede alcanzar.

Ante todo, te invito a recordar situaciones que te han causado dolor y en las que te resulta difícil perdonar, pero que objetivamente no hayan sido muy graves, que no hayan provocado “daños irreparables”. Te pido esto sólo para facilitar la exposición y la aceptación de estas nuevas ideas; luego, revisando situaciones “más serias”, podrás comprobar si realmente son de validez universal.

Veamos: algunas veces nos resulta muy sencillo perdonar, incluso en circunstancias en las que sabemos que otras personas no pueden hacerlo. Y otras veces somos nosotros los que no perdonamos ni aún intentándolo sinceramente. Esto nos permite concluir que para que haya verdadero enojo no basta con que la situación que lo provoca tenga determinadas características; es necesario además que el que la percibe tenga “algo”, “algo” que lo hace reaccionar con enojo. Más aún, quienes no tienen ese “algo”, pueden presenciar o verse envueltos en situaciones que nos enojan, pero sin sentirse afectados en absoluto.


Bien. Pero entonces, ¿qué es ese misterioso “algo” que previamente debemos tener en nosotros para que una determinada situación o persona nos resulte tan irritante como para hacernos enojar?

Tal vez ya conozcas la respuesta a esta pregunta. Probablemente ya la hayas escuchado alguna vez. Pero no es frecuente que la gente la acepte y que saque provecho de ese conocimiento en su vida cotidiana. Entre otras cosas porque contradice el “sentido común”, y también porque niega la legitimidad de algunas de nuestras emociones más arraigadas, de las que habitualmente no desconfiamos.
Lo que nos enoja de cierta actitud de alguien o lo que nos molesta de una determinada situación que nos toca enfrentar, es que nos muestran, tal como si fueran un espejo, un rasgo o un conflicto que en realidad son nuestros, que forman parte de nuestro mundo interior.


La situación o la persona que nos enojan, recrean frente a nosotros una característica propia, de nuestra personalidad. Pero no una característica cualquiera, sino una con la que no estamos conformes, que nos resulta especialmente desagradable y a la que combatimos en nosotros mismos. Este proceso por el cual vemos “afuera” rasgos o conflictos que llevamos “adentro” se conoce como proyección, pero no es precisamente algo nuevo.

La novedad es que podemos sacar provecho de estas situaciones o personas que tanto nos afectan, porque nos permiten descubrir aquellas características nuestras que nos disgustan profundamente o aquellas actitudes injustas o desconsideradas que tenemos hacia nosotros mismos y que tanto dolor nos provocan.

Siempre, sin excepciones, lo que nos disgusta ver “afuera” tiene su equivalente en nuestro mundo interno, donde no podemos verlo fácilmente. Y si odiamos eso que vemos afuera, también odiamos a esa parte nuestra a la que tanto se parece.

Y para reconciliarnos con nosotros mismos, para aceptarnos, para querernos, es necesario que conozcamos estas características que consideramos negativas, que entendamos que corresponden a un cierto estado de evolución o de aprendizaje en el que nos encontramos en este momento, que las aceptemos con tolerancia y comprensión, y que nos amemos profundamente aún teniéndolas, de la misma manera en que nos resulta muy fácil amar a un niño aunque, lógicamente, también él tenga que completar su evolución y aunque todavía le queden muchas cosas por aprender.

Comprendido este proceso, identificado el verdadero origen de nuestro enojo, ya no resulta posible sostenerlo por mucho tiempo. Tenemos por delante, entonces, un nuevo desafío, mucho más estimulante que el de combatir (sin posibilidad de éxito) contra la realidad, y mucho más agradable que el de tratar de obligar a los demás a que se ajusten a nuestras exigencias. Es el desafío de amarnos, de amarnos incondicionalmente.

Y perdonar, entonces, es muy fácil. Es la lógica consecuencia de comprender que nunca existió la ofensa que habíamos percibido. Que el dolor experimentado era real, sí, pero que la herida nos la habíamos infringido nosotros mismos, mucho tiempo atrás.


Por último, me permito recomendarte un libro que trata exclusivamente del mecanismo de la proyección, pero con un enfoque de carácter espiritual, más que psicológico. Se titula “Espejos”, de Nicole Dumont, y está colmado de información valiosa y de ejemplos esclarecedores. Pero más que sugerirte que te compres un libro y que lo leas, te aliento a que te comprometas firmemente a aceptarte, a quererte y a cuidarte. Y entonces todas las experiencias y todos los recursos necesarios para tu aprendizaje simplemente irán a tu encuentro. ¡Buena suerte!


Miguel Adame Vázquez

“Si quieres conocer a Dios, no lo busques en el cielo. Búscalo en las personas.” Sifilita.


Me considero agnóstica. Supongo que muchos lo criticarán como la postura más cómoda. La equidistancia entre los creyentes y los ateos. 

Los creyentes me reprocharán que creo en algo superior sin la obligación de la obediencia y el sacrificio por ese “dios”. Los ateos considerarán que mi postura es un tanto infantil por creer que alguien o algo va a arreglar mi vida con un simple movimiento de manos. 

Lo cierto es que me considero agnóstica porque en realidad paso mi vida basculando mi criterio entre uno y otro extremo. 

Hay días en que me levanto “atea”, pensando que sería muy injusto que existiera alguien más, que manejase los hilos a su antojo, como si de un director de cine o un autor de novelas se tratase, que presenta a sus personajes con crueldad en su historia, permitiendo inundarlos de maldad o dolor, según el caso. A veces digo que si Dios existiera, le encantarían los culebrones. 

Otras veces me levanto más “creyente” porque a pesar de todo, a pesar de la dura infancia que me tocó, no puedo creer que haya tenido tanta suerte, y pienso que después de todo Dios vela por mí allá arriba. 

Y hay días en que me levanto admirando y agradeciendo el trabajo de alguien o algo -los dioses olímpicos, el azar, los extraterrestres, la naturaleza, o simplemente el destino- que re colocó las cosas a mi favor para poder reparar de alguna manera las atrocidades de mi infancia.


Yo tuve fortuna con mi vida. Jamás he renegado de todo mi pasado porque siempre ha habido compensaciones. Por ejemplo mi pareja actual, mi marido. En mis años oscuros tuve varias parejas mal tratadoras y abusadoras, que se aprovecharon de mí en el mas amplio sentido del término. Pero mi marido se ha mantenido firme luchando incluso contra mí, que utilicé todos mis esfuerzos por apartarle de mi lado, y me ha dado un hijo que es una joya. Tuve suerte de no acabar, como he visto muchas veces, sola con un bebé, enganchada a la heroína y viviendo literalmente en la calle. Rocé ese abismo en varias ocasiones, nunca llegué a saltar. 

Pero la autentica y verdadera carambola, el premio gordo, lo obtuve en mi mas tierna infancia. Mis padres son de clase social muy baja. Recuerdo de niña, que no había nevera, ni lavadora y la cocina de carbón servía para hacer la comida y calentar la pequeña vivienda. Una radio era casi toda la tecnología que se podían permitir. Recuerdo que mi madre me contó que yo era muy pequeña cuando papá se presentó en casa con una televisión como pago por pintar un piso del centro de la ciudad, una pequeñita en blanco y negro donde yo veía a los hermanos Mal asombra. Esos son los primeros recuerdos que tengo. Después, con los años llegó una lavadora manual, que ahora sería una reliquia de museo, porque tan solo era un tambor de forma cilíndrica, dispuesto en vertical y con una hélice central que hacía remover la ropa y centrifugara. Mi madre tenía que seguir dejándose las manos frotando las sábanas. Y después la nevera y otra televisión en blanco y negro un poco mas grande, porque la televisión en color no llegó hasta que yo no tuve trece años. Lo recuerdo porque fue mi regalo por guardar silencio. Ya he contado que el cuarto de baño de mis padres tenía una pequeña bañera, de esas de escalón, que no funcionaba y en el hueco guardaba mi padre todas las herramientas de su trabajo como pintor de brocha gorda y escayolista. Yo no he visto ese baño arreglado y funcionando hasta que no volví con 20 años a vivir allí. 

En cambio en el hogar de mis Padrinos, a falta de un cuarto de baño, había tres. El grande para las “mujeres” de la casa, otro que utilizaban mayormente el hermano y el padre de mi Madrina y un tercero que utilizaba la chica del servicio domestico que vivía allí. Siempre estuvo la tele del salón, del tamaño de la boca de una chimenea, en color traída de Alemania, muchos años antes de que los aparatos con mando a distancia se vendieran de manera habitual y aquella televisión ya lo tenía. En ella veía que los trajes grises de los payasos de la tele en realidad eran rojos. En la cocina había nevera con congelador de 4 estrellas, lavadora automática, batidora, lavaplatos… en una casa enorme en la que recuerdo perderme un día que salí del office, no sabía por dónde se iba a mi habitación. Hablo de finales de los 60`y la década de los 70`. 

He tenido el privilegio de recibir una buena educación. Me han enviado a los colegios más prestigiosos, y me he sentado a la mesa con comensales ilustres. Me he vestido con ropa de muy buena calidad y he calzado los mejores zapatos. Todo gracias a mis padrinos. Mis padres jamás se lo hubieran podido permitir. Las diferencias económicas y sociales eran palpables. 

Dicho todo esto no quisiera dejar la impresión de que lo importante eran esas diferencias económicas. No voy a dar lecciones de humanidad a nadie. No voy a levantar un canto por la igualdad de los hombres y mujeres del mundo. Ni siquiera voy a hacer un manifiesto a favor de la pobreza y en contra de los ricos. Dejo esas consideraciones a aquellos que tengan inquietudes políticas. Tan solo quiero dejar clara una realidad: Mis padrinos no son mi familia. En circunstancias normales nunca me hubiera cruzado con ellos. Un rey sólo sienta en su mesa a un mendigo en los cuentos. ¿Fruto del azar o intervención divina? 

De niña creía mucho en Dios. En casa, tanto en la biológica como en la adoptiva son creyentes católicos y yo fui educada bajo sus creencias. Pero siempre hubo muchas diferencias de criterio. 

Para empezar, yo he estado en 12 colegios distintos en mi etapa de E.G.B. (el equivalente a la actual educación primaria, entre los 6 y los 14 años) Por razones obvias, en varias ocasiones empezaba el curso escolar en un centro y lo terminaba en otro totalmente distinto, y nunca repetía curso en la misma institución. Y dependiendo de las circunstancias económicas el centro escolar variaba en su modelo educativo: he estado en colegios privados junto a los hijos de las grandes fortunas, en conventos de monjas, de curas, laicos, internados, concertados, públicos, en clases exclusivas de doce alumnos y aulas masificadas con cuarenta y cinco compañeros. Incluso recuerdo asistir a una escuela que constaba sólo de dos aulas, una para los alumnos de 1º a 5º y otra para los cursos de 6º a 8º, que estaba en los bajos de un edificio de viviendas y en los recreos jugábamos a la comba en la calle. Por lo tanto, la educación religiosa, que en aquella época era totalmente obligatoria, ha sido muy variada. 

Mis padrinos intentaron siempre que yo estudiase en colegios de monjas. Colegios católicos, privados, con grandes privilegios, lo que en aquella época se esperaba de una familia de clase alta. Yo siempre lo percibí como una buena educación, basada en valores muy válidos para mí actualmente como pueden ser la generosidad, el respeto a los demás, la piedad, la tolerancia o el agradecimiento, que creo firmemente son cualidades que pueden aplicarse a cualquier persona, sean cuales sean sus creencias. Como en todo, los extremos son siempre perjudiciales y por supuesto en aquellos colegios, la mayoría de las veces aplicaban esos valores de forma maniquea y sectaria, arrimando siempre su aplicación al hecho de ser católicos y de tener esas aptitudes sólo por el hecho de seguir las enseñanzas de Jesucristo. Pero esos valores en sí, creo que si me sirvieron para crecer como persona, independientemente del carácter católico que le daban. 

Para compensar esto estaban mis Padrinos. Me enseñaron a distinguir bien lo que correspondía a un valor humano de una actitud exclusivamente católica, dándome siempre la opción de elegir la visión que yo deseaba dar a mis actos. Acudíamos con cierta frecuencia a misa, pero no todos los domingos, creo que solo en momentos puntuales, tampoco se obsesionaron con llevar una vida sujeta a los 10 mandamientos. Recuerdo que todas las noches rezaba una pequeña oración con aquel que me acostase, pero no había muchos gestos más en ese sentido, y desde luego jamás, jamás me amenazaron con los fuegos del infierno si me saltaba alguna regla que fuera estrictamente católica. 

Mi madre era exactamente lo contrario. En mi casa biológica la educación católica era estricta. En ese aspecto, ella era la encargada de impartir el castigo a cualquier falta de índole religioso –porque de los otros castigos ya se encargaba mi padre- y se dejaba guiar mucho por el párroco del barrio, siguiendo las Sagradas Escrituras al pie de la letra. 

Las enseñanzas que recibí en mis colegios sobre religión, Historia Sagrada o los Siete Pecados Capitales eran cuentos para niños en comparación con lo que me enseñaba mi madre. Cuando estaba en su casa todas las mañanas se rezaba el Ángelus, en sincronía con la radio; todas las tardes, a las cinco se rezaba el rosario; ni siquiera en el colegio-internado donde estuve, que era de monjas, lo hacía. Y por supuesto eran de obligado cumplimiento las oraciones pertinentes al levantarse, antes de comer y a la hora de acostarse. Durante el año en el internado, el Año del Infierno, recuerdo que además de las tareas del colegio, todas las semanas mi madre me obligaba a aprenderme de memoria la vida de algún santo. Hoy por hoy debo decir que no recuerdo ni una sola de esas biografías, no recuerdo ni siquiera cuáles fueron los santos de los que debí aprender algo. De ese año, solo recuerdo mi infierno y el infierno. 

Si, el infierno. Mi madre me hablaba mucho de él. Me contaba que era un sitio de tormentos inimaginables durante toda la eternidad. Me aseguraba que si Dios condenaba a alguien allí jamás sería rescatado, ni siquiera con la intervención de los santos. Me hablaba del apocalipsis y del juicio final y yo recuerdo preguntarle, de muy niña, qué pecado era el que te condenaba. Recuerdo que me dijo que no me preocupase, que los niños que no han hecho la comunión nunca iban al infierno, que se convertían automáticamente en ángeles. Yo deseaba ser un ángel. 

A veces me imaginaba, cuando estaba en mi cama, que Dios me miraba por la ventana sin persianas de mi habitación, y me tapaba con la sábana por miedo a que me viera. Ya entonces me daba vergüenza de mi misma sin saber de ninguna manera la razón por la que me sentía así. 

La primera vez que le conté a mi madre lo que mi padre me hacía, me dijo que estaba cometiendo un gran pecado, que ya había hecho la 1ª comunión y ya era una niña responsable. Y me llevó a confesar. Para ella todo se arreglaba en el confesionario, todo. Recuerdo en una ocasión que mi padre entró en mi habitación cuando yo estaba leyendo, se sentó a mi lado, llevándose un dedo a los labios en señal de silencio y metiendo la mano entre mis piernas, mientras me susurraba algo que no recuerdo. En ese momento mi madre me llamó con vehemencia desde la cocina. Lo hizo con tanta insistencia que mi padre, que ya intentaba llevar mi mano hacia él, me dio permiso con un gesto a que acudiera a la llamada de mi madre. Cuando llegué a la cocina, mi madre me pidió en voz muy alta que la ayudase a batir unos huevos, y a continuación me siseó al oído: “¿Por qué le dejas? Yo no voy a estar siempre en casa para ayudarte y tu ya eres mayor para saber que eso es un pecado, un pecado mortal. No olvides confesar-lo el domingo en la iglesia.” 

Nunca lo confesé abiertamente en la iglesia. Estaba convencida de que el párroco me echaría de allí a patadas. Pero creo que fue entonces cuando me volví mas católica, de manera casi extrema. Realmente llegué a creer todo lo que decía mi madre con total convicción. Porque su reacción me causó un gran desasosiego. Mi madre decía que los ángeles eran niños muertos y yo siempre había querido ser un ángel. Y que ella reaccionara así me hundió. Me angustiaba decírselo al sacerdote en confesión, lo que me hacía mas indigna, y pensar que ahora Dios no me quería llevar con él porque no era digna, me entristecía mucho y rezaba para que me perdonase y me llevara. Se lo rogaba orando desconsoladamente, pensando en cómo hacer para que no me condenase. 

Ahora que me he vuelto escéptica en muchas facetas de la vida –no sólo en el aspecto religioso- me sorprende ver, desde la distancia del tiempo, lo mucho que llegué a empalizar con la ideología extremista de mi madre. 

Cuando intenté suicidarme, y mi madre me rescató de las ruedas de un camión, al ser consciente de que el suicidio también es un pecado, le pedí a Dios que me dejase morir, aunque fuera al infierno, que me enviase una enfermedad incurable, algo que me hiciera desaparecer. Llegué a pensar que Dios no deseaba que yo muriera para darme un escarmiento, y por eso no dejó que el camión me atropellase. Hasta bien entrada mi hibernación, muchos años después, no he dejado de pensar que mantenerme con vida era un castigo divino. 

Muchas veces, mi madre me recordaba que debía confesarme y pedir por mí y por mi padre, ya que él no pisaba la iglesia, y no le gustaban los curas. Me recomendaba que rezase por él, para que Dios le ayudase a controlar su impulso. Sigo sin poder recordar las palabras que pude utilizar para hablar de esto en mi infancia, creo que llegué a confesar algo ante el sacerdote, pero no recuerdo si hubo alguna respuesta por su parte que no fuese la de imposición de la penitencia y la absolución. 

Me casé por la iglesia en el templo donde fui bautizada, lejos del barrio donde había ocurrido todo. Cuando mi pareja y yo fuimos a concretar la ceremonia, unos días antes del enlace, el sacerdote me llevó a parte y me dijo que me conocía, que había hablado con mi madre muchísimas veces. Yo desconocía por completo que el párroco de esa iglesia había sido también confesor de mi madre durante muchos años. Me preguntó si yo me confesaría con él antes de la boda. El comentario me perturbó, pero mantuve la cortesía explicándole que probablemente lo hiciera en la iglesia donde mi futuro marido había sido catequista durante mucho tiempo. Cuando creí que había conseguido salir de la conversación con alivio, me despidió con unas palabras inquietantes: “No olvides pedir perdón por tu padre”. 

No he vuelto a pisar esa iglesia desde el día de mi boda. Mi hijo fue bautizado e hizo la primera comunión en la iglesia donde mi marido impartía, de jovencito, la catequesis. Mi pareja es católico, no acude a misa los domingos pero es un firme creyente y además devoto de la Patrona de mi tierra. Y de hecho hace una peregrinación anual a su santuario. Yo, actualmente acudo al templo en bodas o bautizos pero no he vuelto a escuchar una misa por propia voluntad. Creo que he terminado por no creer en absoluto en aquellos que se autodenominan representantes de Dios en la tierra. No creo en un Dios vengador, que deja que yo viva una abominación, que primero te castiga y después te premia según hayas soportado el castigo. No puedo creer que a mí me hayan violado para que yo aprenda algo… ¿Aprender qué? 

Hace tiempo me preguntaron qué podía sacar de positivo de mis abusos, pues se supone que de todas las experiencias negativas se puede extraer algo positivo. No supe qué contestar. Intentaron hacerme ver que es muy probable que gracias a mi experiencia yo, ahora, sea más empática, reconozca el dolor ajeno o sea mas solidaria con los demás. Sigo sin poder responder, porque si para ser solidaria he tenido que pasar por esto, con todos mis respetos, se pueden meter la solidaridad donde les quepa. 

Respeto enormemente a aquellos que han encontrado su consuelo en el amor de Dios, creen en él, e intentan seguir sus mandamientos con autentica confianza en su doctrina, y jamás osaré criticar su fe y sus creencias. Estoy absolutamente convencida que dentro de la comunidad cristiana la mayoría de los sacerdotes y monjas, hacen un trabajo encomiable, con dedicación y sinceridad en sus creencias, sin doble moral. Creo firmemente que por cada escándalo eclesiástico, existen diez buenas obras realizadas por gentes sencillas que actúan por buena voluntad, sea o no inducida por Dios. No voy a defender a la iglesia como institución a estas alturas, básicamente porque yo no creo en ese gremio de estómagos agradecidos, pero a veces creo que pagan justos por pecadores, nunca mejor dicho. Como en todas las instituciones politizadas las altas esferas eclesiásticas se aprovechan de sus privilegios históricos para mantener un cepo que personalmente me parece injusto y retrógrado. Son machistas y en muchos aspectos mantienen una forma de pensar estancada en el siglo XV, y desde luego son verdaderos maestros ocultando sus propias vergüenzas. 

Hacen flaco favor declaraciones de obispos y cardenales que equiparan los abusos sexuales infantiles con la homosexualidad (para mí una opción sexual entre personas adultas responsables) o el aborto, y siguen empeñados en dar la espalda a la educación sexual argumentando que hablar de sexo fomenta la promiscuidad cuando la educación es la única forma que existe de prevenir y acabar con enfermedades de trasmisión sexual, embarazos no deseados y con los abusos sexuales de cualquier índole. 

La iglesia aún sigue diciendo que si tienes sexo antes del matrimonio estás condenada a los fuegos del infierno, si los hombres se masturban se les cae el pene y se quedan ciegos, si se disfruta del sexo eres una cualquiera, (¿Hay santas que hayan sido madres, descartando a la Virgen María?) siguen asegurando que el SIDA es una maldición divina debida la promiscuidad actual, y sin embargo de los abusos a menores que se han demostrado perpetrados por sacerdotes, dicen que es un “error”, un pecado que deben purgar en el retiro, no en la cárcel. Son posturas y declaraciones que cuando menos sonrojan y desde luego me van a tener enfrente en esos asuntos, no les voy a conceder ni el mas mínimo indulto. 

Hoy por hoy no sigo la religión católica en ninguna de sus tradiciones, ya he dicho que respeto enormemente a aquellos que la profesan, pero también a los que la rechazan. Entiendo perfectamente a aquellos que argumentan que son dueños de sus destinos, que comparan los ritos religiosos, tanto católicos como de otras creencias, con los antiguos ritos paganos que aún hoy vemos en gabinetes esotéricos que se anuncian por Internet y que en la mayoría de ocasiones no son mas que charlatanes que se aprovechan de la ignorancia de la gente. Comprendo a aquellos que critican todas las religiones y defienden contundente mente que una doctrina “divina” siempre está al servicio interesado de alguien, que siempre es maniquea, exclusivista, y tiene cierta tendencia al “lavado de cerebro”. Pero como en todos los posicionamientos extremos, algunos ateos son los primeros en criticar a los demás sólo por el hecho de tener una creencia en algo más, y en muchos casos han asociado a personas que se confiesan creyentes con instituciones, regímenes y tradiciones totalmente obsoletas y fuera del contexto general de la sociedad actual, aunque supongo que a los del otro bando, se les puede acusar exactamente de lo mismo, en sentido contrario. 

Hoy por hoy tengo mi propia fe. La que la experiencia me ha enseñado, que todo lo bueno y lo malo que nos ocurre está influenciado por toda la humanidad. Soy prueba y testigo viviente de lo mejor y lo peor del ser humano, he sido víctima de situaciones atroces, y beneficiada del máximo altruismo. Creo firmemente en el efecto mariposa y en la buena voluntad de la gente. Y creo que si bien la fe –en Dios, Jehová, Mahoma, la madre tierra, los extraterrestres o el hombre- puede unir a la gente y hacerla solidaria, cualquier religión –o la falta de ella- puede ser excluyente, separar, aislar a los que no son de su credo. Cualquier mandato disfrazado de misticismo que prohíbe a alguien ser una persona libre que acepte la libertad de los demás, no es válido para mí. 

Pero hay algo que a veces me sorprende incluso a mi misma: Cuatro años antes de mi nacimiento, mi madre dio a luz a una niña que murió pocos meses después. Ignoro la causa. No tengo ni el mas ligero conocimiento de las circunstancias de su muerte porque en casa estaba prohibido hablar de ella, de hecho conocí su existencia con doce o trece años. 

Cuando pienso en ángeles, cuando recuerdo a mi madre hablándome de los niños que iban al cielo al morir, ahora siempre me viene ella a la memoria. Y en algunos instantes en los que me siento mas “creyente”, a veces creo que, como decía mi madre, ella ahora es un ángel o un fantasma, un espíritu. Y no puedo evitar hacer cábalas barajando la posibilidad de que sea mi hermana la que pone a mi alcance señales en el camino que me ayudan a seguir adelante, como si de un relato de misterio se tratase, porque a veces los hechos aparentemente inconexos y las coincidencias que a la larga han interferido en mi vida han sido sorprendentes. 

A veces creo en fantasmas, como los de las leyendas victorianas, que permanecen junto a nosotros para hacer justicia desde el mas allá. Tal vez sean restos de mi imaginación infantil, que se niega a abandonarme, pero el hecho de pronunciar su nombre, a veces me estremece tímidamente. Mi hermana se llamaba Ángeles. 

A veces necesito creer que hay algo mas, tal vez para compensar el horror de mi realidad, entrando de lleno en el mudo de fantasía que de niña creaba para sobrevivir.